Fue en 1882, durante una exposición de arte industrial, cuando el zar Alejandro III reparó en sus excepcionales joyas. No tardó en convertirse en proveedor oficial de la corte imperial, y su nombre en una de las marcas más distinguidas entre la aristocracia rusa y europea.
Asimismo, no sólo elaboró sus célebres huevos de Fabergé para los Romanov: se estima que entregó un total de 69, de los que sólo ocho, de la colección de los Romanov, están desaparecidos.
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