La decisión de acuñar moneda propia no fue un capricho político, sino una necesidad urgente. La escasez de efectivo, especialmente de moneda fraccionaria, dificultaba las transacciones cotidianas en un territorio que funcionaba de facto como una entidad autónoma en medio del conflicto. Para hacer frente a esta situación, el Gobierno vasco encargó la fabricación de monedas de 1 y 2 pesetas en Bélgica.
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